jueves, 10 de noviembre de 2011

Los Albores de la Hispanidad

España ha sido una comunidad política identificable al menos desde la profesión de fe del rey Recaredo en el año 589. La unidad católica y las leyes del Reino son el constitutivo de esa comunidad. La unidad católica como principio perfecto, inmodificable; las leyes fundamentales del Reino, como principio perfectible, dinámico y castizo, forman la expresión ideal de España, Hispania, como comunidad política, vinculada físicamente, pero no encajonada en unos límites territoriales. Que España se conformase en el año 589 no quiere decir que se inventase entonces. La unidad política hispánica ya existía, heredera de las pugnas celtíberas, romanas y visigodas. Al menos desde la caída del Imperio Romano, con una legitimidad política independiente. Legitimidad transmitida y heredada que llega hasta el arriano Leovigildo -que no por hereje dejaba de ser jefe- y de él a su hijo, que incorpora a esa legitimidad sustancial e indiscutida el accidente sagrado e inamisible de la fe católica.



Inicialmente, la Hispania, acuñada en el troquel de Recaredo -unidad católica y constitución del reino-, existió como una realidad activa y continuada sólo durante ciento ventidós años, o ciento treinta, según se mire. Solamente. La invasión comenzada por Tariq en el 711 había dominado prácticamente la Península entera para el año 720, salvo algunas zonas montañosas en Asturias y el Pirineo. Comenzó entonces la Reconquista. No como un cálculo ni como un proyecto, sino como un deber. Fue fácil, después del siglo XIII y sobre todo después de 1492, pensar en la Reconquista como un proyecto, pero no lo fue en su momento. España, después de poco más de un siglo de andadura política definida, desaparecía bajo la jaima mahometana.

Casi ochocientos años duró la presencia ismaelita en la Península. Setecientos ochenta y un años, para ser más precisos, hasta la destrucción del reino nazarí. Claudio Sánchez Albornoz lo dice con exactitud: la historia de la Reconquista aportó "la diferenciación estatal de las comunidades políticas nacidas de la local resistencia originaria contra los musulmanes. Pero la idea de la unidad de Hispania había sobrevivido a todos los fraccionamientos políticos de la Península". La realidad política del 589, del Tercer Concilio Toledano, de la abjuración y profesión pública de fe por parte del rey Recaredo, no se extinguió con la invasión. Tan perfecta y potente fue aquella síntesis que, transformada provisionalmente de realidad política en idea de unidad, siguió ejerciendo una virtualidad política. Los hispanos, cristianos, se sentían obligados por aquel ideal. El bien común actual se veía confiado a instancias provisionales, pero el bien común acumulado seguía reclamando la piedad patria de los españoles. Todos los reyes de los distintos reinos, forjados al calor de la lucha político-religiosa, se reclaman herederos y transmisores del legado godo. Una herencia que apetece, que demanda, una unidad política, sin aminorar toda la riqueza política de cohesión, de foralidad, ganada durante la lucha.

La Reconquista no fue un proyecto, fue un deber. Fue la ejecución de un deber político que provenía del pasado, del bien común compartido y acumulado. Quien piense que esto es una simplificación, debe enfocar el problema: no es la Historia, ni la literatura, sino la política la que nos da la clave de una realidad política como fue la lucha por el restablecimiento de la unidad hispánica.

ULLATE Fabo, José Antonio; Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la independencia de América; 2009; Madrid; pp.234 y 235.

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