¿Quién no recuerda nuestros queridos cuentos de la infancia, aquellos que siempre acababan con un "fueron felices y comieron perdices"? Pues una de las desventajas de crecer e ir madurando es que uno se acaba dando cuenta de que la vida no siempre acaba bien, como lo hacían los cuentos. Y encima, para los que hemos decidido horadar en el origen de algunos de ellos, nos damos cuenta de que muchas de esas historias tampoco lo hacían. Desde aquí quiero agradecer sinceramente a todos aquellos que nos edulcoraron con finales felices nuestros cuentos de toda la vida, porque muchas historias son para no pegar ojo, sobre todo con diez añitos.
La bella durmiente del bosque es un primer buen ejemplo de lo que hablo. En la versión original de la historia, una joven princesa cae víctima de un hechizo al usar una rueca de hilar lino, y su padre, agobiado por la pena, la deposita en un lecho de terciopelo en un castillo cerrado dentro de un bosque, alejado de todos. Al cabo, aparece un noble de caza en el mismo bosque que descubre el castillo y a la hermosa joven pero, en lugar de darle un beso para romper el hechizo, la viola y se marcha. Nueve meses más tarde, Talía (que así se llamaba la princesa) da a luz a dos gemelos que son cuidados por las hadas, hasta que uno de ellos chupa el dedo de su madre y, sin querer, retira la astilla envenenada que la mantenía dormida.
Pasado un tiempo, el noble recuerda los agradables momentos que pasó con la joven princesa y decide volver a buscarla. Al encontrarla despierta y con dos niños le confiesa que él es el padre, y ambos viven un maravilloso idilio de una semana... Hasta que el noble decide volver con su esposa, de la que no había dicho nada hasta el momento.
Pero el cuento no acaba aquí, porque la cornuda esposa, al enterarse de los amores secretos de su marido, manda prender a sus bastardos y a Talía, y entrega a los dos pequeños al cocinero para que se los sirva en la comida a su esposo. Cuando ya casi ha terminado el plato, la mujer le espeta "¡Te estás comiendo lo que es tuyo!", pero no era verdad, porque el cocinero, movido a piedad por los dos pequeños (menos mal), los ha salvado y sustituido por carne de cabra. No obstante, la esposa del noble decide vengarse también de la joven princesa y la manda quemar en la hoguera, de donde es salvada in extremis por el padre de sus hijos.
Otro ejemplo es el de Caperucita Roja, que en su versión original acaba, tras un curioso diálogo entre el lobo y Caperucita, con esta devorada sin remedio. Muchas versiones posteriores trataron de salvar a Caperucita de tan malhadado destino (desde haciéndola gritar para que atrajese a su padre y muchos cazadores, que daban muerte al lobo, hasta la versión en la que una abeja pica al animal en el hocico y sus alaridos llaman la atención de un cazador que le atraviesa de oreja a oreja la cabeza con una flecha), pero sólo los hermanos Grimm se esforzaron por salvar a la abuelita en la versión que ha hecho más fortuna de esta historia que tiene tintes de cuento oral medieval.

Otro que ha sufrido sólo variaciones menores es el de Blancanieves, que ahorra al lector moderno el detalle de la bruja malvada comiéndose lo que creía que era el corazón de Blancanieves para adquirir su belleza. Tampoco aparece el castigo que sufrió al final, puesto que se le calzaron dos zapatos de metal candentes y la bruja bailó presa de grandes dolores hasta que murió.
Quizá el cuento más transformado fue el de Ricitos de oro y los tres osos que, en el original, cambiaba a la gentil niña por una vieja cascarrabias, iracunda, hambrienta y sin hogar. En algunas versiones escapa de un salto por la ventana al ser descubierta por los tres osos, pero en otras los osos recurren a quemarla y ahogarla para librarse de ella, pero al no dejarse matar, la acaban empalando en la aguja del campanario de San Pablo.
Es evidente que estos cuentos en su estado más puro habrían traumatizado a los niños de la actualidad, pero en la época ya se les consideraba como pequeños adultos, y estas historias servían como parte de su educación, advirtiendo de peligros y de conductas dañinas, o enseñando -muy gráficamente- como se castiga a los malvados. La verdad es que los cuentos les hacían madurar antes, pero... ¿Acaso eran más felices?
Fëanar
Jejeje muy buen artículo Fëanar, muchas curiosidades que desconocía he encontrado en él.
ResponderEliminar¡Un saludo!
Muchas gracias, Español, iza tu bandera.
ResponderEliminarPensé que si a mi se me había fastidiado la infancia, tenía que compartir esa suerte con el resto del mundo.
¡Un saludo!
Es interesante saber que los cuentos tal y cómo los conocemos no son los "originales" siempres se ha dicho que "segundas partes nunca han sido buenas" pues bien creo que ésta es la excepción y de qué manera!! prefiero que los niños sigan teniendo infancia con ilusiones, imaginación, sueños y sobre todo una moraleja al final del cuento que termine bien, para que duerman con una sonrisa y sueñen...sueñen...felices.
ResponderEliminarUn saludo!
algún libro que hable de la verdadera historia de todos esos cuentos?
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