sábado, 8 de mayo de 2010

Los Primeros de Filipinas, Legazpi y Urdaneta

La presidenta filipina, Gloria Macapagal Arroyo, pide la colaboración de España para que el español vuelva a ser idioma oficial en las islas. Buena oportunidad para recordar que las Filipinas forman parte del ámbito de la Hispanidad, cosa que para muchos españoles ha dejado de ser evidente. Los españoles pusimos el pie en aquellas islas en 1566. Las Filipinas se convirtieron en pieza esencial del imperio. Durante siglos fueron cabecera de la primera gran ruta transpacífica: el galeón de Manila, la ruta de la China. Esa historia acabó en 1898, pero la hispanidad ha permanecido en la lengua y en la religión. Las Filipinas son parte importantísima de nuestra identidad.

Hoy muchos españoles ignoran que el océano Pacífico fue llamado una vez “el lago español”. Núñez de Balboa lo había descubierto en 1513. Magallanes y Elcano lo habían cruzado en 1521, en su prodigioso viaje de circunnavegación. Pronto se intentó establecer bases fijas al otro lado, junto a lo que los portugueses llamaban las Molucas. En esa búsqueda triunfó un vasco universal: Miguel López de Legazpi, conquistador de las Islas Filipinas, así llamadas en honor de Felipe II. Las Filipinas serían españolas desde 1566 hasta 1898: más de tres siglos.


Para hacernos una idea de lo que fue aquello, podemos recrear una escena impactante. Estamos en mayo de 1566. La Capitana, el barco de Legazpi, ha fondeado frente a la isla de Cebú, en el centro del archipiélago filipino. Una canoa se acerca. Lleva a bordo a dos jefes nativos cubiertos de adornos y plumas, escoltados por guerreros fuertemente armados. Son el rajá Tupas, rey de Cebú, y su aliado el Tamuñán. Gente inquietante: este Tupas es hijo del mismo que unos años antes había matado a treinta hombres de Magallanes en un banquete trampa; el propio Tupas ha intentado combatir con Legazpi. El vasco, templado, ha propuesto la paz dos veces; a la tercera, ha recurrido a la artillería de sus barcos. Ahora Tupas está vencido, pero Legazpi no quiere doblegarle, sino que le ha propuesto, una vez más, un acuerdo pacífico. Los nativos suben a La Capitana. Van a firmar el pacto. Se hará conforme a los usos locales. Sobre una mesa hay tres tazas. Los tres hombres, frente a frente –Legazpi, Tupas, Tamuñán-, sacan sus dagas y, lentamente, se dibujan un corte en el pecho hasta que brota la sangre. Es importante no manifestar dolor. Serenamente, cada cual vierte en la taza la sangre propia. Después, la sangre de los tres, junta, se mezcla con un chorro de vino. El vino se vierte en las tazas. Los tres hombres beben la mezcla. Así se firma el pacto de sangre. Y así nació el dominio español en aquellas islas, pronto bautizadas como Filipinas. 

Carrera en el Extremo Oriente

¿Qué se nos había perdido en Filipinas? En realidad, no se trataba tanto de lo que se nos había perdido como de lo que no habíamos encontrado: la ruta al oriente, hasta los mares de China y las llamadas Islas de la Especería, o islas de las especies. El viaje de Magallanes y Elcano había conseguido llegar, pero faltaba sentar una ruta estable para volver. Luego lo intentó Jofre García de Loaysa en una memorable expedición náutica, pero se encontró con un problema nada menor: los portugueses decían que aquello era suyo. Recordemos: Tratado de Tordesillas, el mundo partido en dos sobre una línea que cruza verticalmente Brasil; el este de la línea para Portugal, el oeste para España… Pero la Tierra es redonda y en el otro extremo del globo no había ninguna línea. Allí, en Asia, España y Portugal libraban una carrera por asentar rutas y dominios. Como parte de esa carrera, Felipe II ordena al virrey de México, Luis de Velasco, que organice una expedición a través del Pacífico, desde Nueva España hasta las Molucas. El rey tiene especial interés en que en la expedición participe un hombre formidable: Andrés de Urdaneta, guipuzcoano, cosmógrafo, marino y… fraile agustino, que había navegado con Elcano.

Urdaneta traba contacto con el virrey Velasco y, juntos, planifican la expedición. Hay que fletar barcos, aprovisionarlos, llegar a las Molucas, sentar bases, cerrar el camino a los portugueses y, de paso, rescatar a los supervivientes de una expedición anterior, la de López de Villalobos; expedición que acabó de manera desastrosa, pero que fue la que bautizó a las Filipinas. La gran cuestión era esta: ¿A quién poner al frente de semejante programa? El Virrey no puede ser; es el virrey. Además, Velasco va a morir enseguida; luego se averiguará que había gastado la mayor parte de su fortuna en ayudar a los indios y a los pobres. En cuanto a Urdaneta, es un fraile, no un jefe de hueste. Es el propio Urdaneta quien propone el nombre de un importante patricio de Nueva España, pariente suyo, guipuzcoano también: Miguel López de Legazpi.  

¿De dónde había salido este Legazpi? De las oficinas, curiosamente: no era un guerrero ni un explorador, sino un escribano, un funcionario real. Había nacido en Zumárraga, segundón de una familia hidalga. Había estudiado Leyes y gracias a eso desempeñó cargos públicos desde muy joven: concejal de Zumárraga, escribano mayor de Areria… Con cuarenta años marchó a México para seguir su carrera administrativa: directivo de la Casa de la Moneda, Alcalde Mayor de la ciudad de México… Para entonces ya es un hombre muy maduro: está cerca de los sesenta años, tiene nueve hijos y es considerablemente rico. En la mentalidad contemporánea, sería la persona menos adecuada para una empresa tan arriesgada. Pero la mentalidad de entonces era otra: Legazpi era fiel servidor del Rey, luego todos estaban seguros de que cumpliría con su deber; era un hombre con autoridad natural, luego sería lógico esperar que la hueste le obedeciera; era un funcionario público, un político, que sabría desempeñarse entre reyezuelos nativos y hostiles portugueses en una zona conflictiva; era rico, de modo que podría financiar la empresa, y además acababa de quedarse viudo, con lo que no tendría obstáculos familiares. El propio Legazpi debió de verlo así: nadie mejor que él para afrontar el proyecto. Gente arrojada, aquella.

Dicho y hecho: Legazpi vende todos sus bienes –menos su palacio mejicano- para financiar la expedición. El Rey le nombra "Almirante, General y Gobernador de todas las tierras que conquistase". Fleta cinco barcos y enrola a unos 350 expedicionarios. Urdaneta va como piloto. Legazpi escoge a dos hombres de confianza: su nieto Felipe de Salcedo y el artillero Martín de Goiti. Sus órdenes son estrictas: nada de personal superfluo, estricto racionamiento de víveres, instrucción expresa de tratar bien a los nativos… Es el 21 de noviembre de 1564 cuando ese hombre de casi sesenta años hace bendecir la bandera y los estandartes y zarpa del puerto de Barra de Navidad, en Jalisco, con destino a la primera gran aventura de su vida.   

Lo que asombra de Legazpi, a partir de este momento, son sus dotes naturales de gran capitán. Impone a la tripulación una disciplina muy estricta en dos cuestiones: guerra sin cuartel a los piratas y ladrones, respeto absoluto a los nativos. Cruzan el Pacífico, tocan las Marianas y la isla de Guam, después las islas de Poniente, las Filipinas. Su método es el mismo en todas partes: desembarcan, compran alimentos a los nativos y toman posesión de la tierra en nombre del Rey, normalmente de acuerdo con los jefes locales. Legazpi no saca partido sólo de las luchas entre tribus enemigas, sino también de la hostilidad que los nativos profesan a los portugueses; frente al tipo de dominación portugués, bastante depredador, los españoles ofrecen protección y un trato más respetuoso.

Las dotes de Legazpi salen a la luz en cualquier situación. La más delicada es tal vez esa con la que hemos abierto el relato: la hostilidad de los nativos de la isla de Cebú, con su rajá Tupas y su aliado Tamuñán. Legazpi logra resolverla con un empleo limitado de la fuerza y, acto seguido, el pacto de sangre con los jefes indígenas. Y allí, en Cebú, decidió Legazpi sentar su base principal. ¿Por qué? En buena medida, por razones religiosas. Durante uno de los rifirrafes con los nativos, los hombres de Legazpi registran un poblado. Un soldado español –de Bermeo- descubre en una choza algo insólito: una imagen del Niño Jesús. Probablemente procedía de una expedición anterior. El hecho es que allí manda Legazpi construir un fuerte que será el primer asentamiento de España en Filipinas. Nacen la Villa del Santísimo Nombre de Jesús y la Villa de San Miguel (hoy, Ciudad de Cebú), donde Legazpi pone su base principal. La imagen será pronto conocida como Invención del Niño Jesús; hoy se venera en la iglesia que los agustinos construirán en la isla.

Nace un mundo

A partir de su base en Cebú, Legazpi organiza la expansión. Primero envía a su nieto Felipe de Salcedo y a Urdaneta, para que busquen una ruta de vuelta a México por el norte. La encuentran –gracias, sobre todo, a los conocimientos de Urdaneta- y llegan a México. Es una proeza náutica: 20.000 kilómetros en poco más de cuatro meses. El acontecimiento se multiplica por dos: no sólo hemos tomado pie en las Filipinas, sino que ahora, además, sabemos volver. ¿Y no correspondía esa ruta a los portugueses? Probablemente sí, pero Felipe II no está dispuesto a dejar escapar la presa. De manera que mientras Legazpi, en Filipinas, impone su autoridad sobre una revuelta de sus propios hombres y rechaza dos ataques de la escuadra portuguesa, Felipe II, en España, decide nombrar a Legazpi Gobernador y Capitán General de las Filipinas y, además, le envía cuantiosos refuerzos: galeones, soldados, colonos, misioneros…

Legazpi ya es un anciano, pero sigue dando muestras de energía y clarividencia. Organiza el sistema de encomiendas como en América, despliega el comercio con China, dispone metódicamente la ocupación, isla a isla, de todo el archipiélago filipino. A Salcedo, el nieto, y a Goiti, el artillero, les encomienda la conquista de Manila, que es cosa hecha en 1570. Buen administrador, Legazpi dispone un sistema de organización política basado en las instrucciones generales de Felipe II. En Manila instala su capital. Morirá Legazpi allí, en Manila, en agosto de 1572, apenas diez años después de haber zarpado de Jalisco. Un auténtico constructor de imperios.

Las Filipinas son 7.100 islas. Hasta entonces estaban habitadas por decenas de etnias distintas y enfrentadas a muerte. Hoy los historiadores filipinos reconocen que la llegada española supuso la pacificación del archipiélago. No hubo una mortandad como la americana porque la población filipina, a diferencia de la amerindia, no había vivido en un ecosistema cerrado. Y tampoco hubo una explotación como la de las Indias, porque los españoles ya habían sacado las consecuencias oportunas de su propia práctica imperial; de hecho, aquí los nativos jamás pagaron tributos a los españoles. Los misioneros se encargaron de mantener pacificados a los indígenas, acabando con las guerras tribales; la evangelización progresó velozmente. En poco tiempo el español se convirtió en lengua franca de los filipinos. Mientras tanto se extendía el uso de la rueda y el arado, y se creaban caminos, puentes, rutas estables de navegación. En 1611 los dominicos fundaron en Manila la primera universidad de Asia: la de Santo Tomás. El archipiélago se convirtió en centro de una vida comercial intensísima: aquí se centralizaba el tráfico con el sudeste asiático, que luego partía hacia México en la ruta del Galeón de Manila. Así el Pacífico se convirtió en el “lago español”. Esa fue la gran obra del guipuzcoano Legazpi.

España prolongó su presencia en Filipinas hasta finales del siglo XIX. Los norteamericanos la invadieron en 1898. Entonces se escribió otro capítulo digno de gentes como Legazpi, Urdaneta, Salcedo o Goiti: el de los últimos de Filipinas, los héroes de Baler. Pero eso ya lo contaremos otro día.

José Javier Esparza, La Gesta Española. 

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