domingo, 6 de noviembre de 2011

Hay cosas más reales que otras

Reproduzco, por su valor y clarividencia, las tres partes de una reflexión del bloguero de ReL, D'Artagnan, sobre la esencia de las cosas y la percepción que tenemos de ellas. He adaptado el texo para adecuar su lectura a un sólo artículo:

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¿Hay cosas que la ciencia no puede estudiar? Pues algunos pensarán que sí, y otros pensarán que no. El amor lo puede estudiar la ciencia igual que puede estudiar el hambre, la sed o cualquier otro fenómeno biológico. ¿Que tú crees que es más que todo eso? Pues perfecto, es tu opinión. Pero no es una afirmación científica”. 

Quisiera comparar esta afirmación con un ejemplo que, desgraciadamente, no es mío sino de G. N. M. Tyrrell. Digo desgraciadamente porque es buenísimo. Las negritas son mías:  


Tomemos un libro, por ejemplo. Para un animal, un libro no es más que una forma coloreada. Cualquier significado superior que pudiese tener, queda por encima de su capacidad. Y el libro es una forma coloreada; el animal no está equivocado

Un salvaje sin cultura puede considerar el libro como una serie de marcas en un papel. Así sería el libro visto desde un nivel superior del del animal. De nuevo, no está equivocado: el libro es una serie de marcas, sólo que el libro puede significar más. 

Puede también significar letras colocadas siguiendo ciertas reglas. O, finalmente, para una persona que lo sabe leer, un libro tiene significado: es todo lo que puede ser.”  

Volviendo al comentario, no puedo estar más de acuerdo con que el amor lo puede estudiar la ciencia como cualquier otro fenómeno biológico. Y es más, lo que diga la ciencia sobre el amor será algo verdadero, así como el libro es una forma coloreada o una serie de marcas en un papel. Sin embargo, lo que la ciencia diga del amor no es ni mucho menos todo lo que el amor es.  

De hecho, lo que la ciencia nos dice es lo que menos nos interesa del amor, así como el que el libro sea una forma coloreada es lo que menos nos interesa del mismo. Lo que me interesa del amor es justamente lo que la ciencia no me va a decir: cómo influye en mi vida; cómo mantenerlo y cómo agrandarlo; cómo amar y como ser amado; cómo conseguir afectos profundos, duraderos y para toda la vida.

Como vemos, para conocer algo hay que usar el instrumento adecuado. Esto puede parecer de perogrullo, pero sorprendentemente muchas veces se olvida. En este ejemplo, el animal no tiene un instrumento adecuado para comprender el libro, por ello no puede conocer todo lo que el libro es.

Recuerdo hace unos años que leí un libro que, mediante un estudio científico, determinaba que Dios estaba en el cerebro del hombre, vamos, que no existía fuera de él. Por supuesto, su autor había usado los procesos científicos más rigurosos. Pero, si los instrumentos científicos tratan sobre cosas materiales, ¿qué esperaba encontrar este autor? ¿Esperaba encontrar algo inmaterial o sobrenatural? Está claro que con sus instrumentos sería imposible.  

Este autor sería como un pescador que intentase coger almejas con un detector de metales. Recorrería toda la playa y declararía muy ufano: “No hay almejas en esta playa”  Y, aunque se equivoca, no mentiría. Con el instrumento que ha usado es la única conclusión posible, ya que no es adecuado para buscar almejas.  

Creo que este es un aspecto vital que se olvida muchas veces al hablar de ciencia y religión. Si la ciencia trata sobre lo material, ¿cómo va a saber sobre lo inmaterial? Si la religión se ocupa de Dios, ¿cómo va a saber de lo material? Los científicos que declaran, a lo Gagarin, que no encuentran a Dios no están mintiendo. Tampoco los religiosos que niegan verdades científicas cuando solo aplican sus facultades religiosas. Simplemente, no han usado la herramienta adecuada. Lo que sí sería un grave error, en ambos casos, sería el decir: “Yo no lo he encontrado, luego no existe”.

Hay un aspecto más sutil en estos ejemplos: la elección de qué se puede saber es una cuestión de fe. Una de las elecciones de fe más frecuentes es si existe algo sobrenatural: un creyente tiene fe en su existencia, mientras que un materialista tiene fe en su no existencia. Un ejemplo:

El novelista francés Emile Zolá viajó a Lourdes para “documentarse”, como se dice ahora, en la elaboración de su novela sobre los fenómenos de la ciudad francesa. Acompañó a varios enfermos en el viaje y, feliz casualidad, pudo asistir a dos curaciones instantáneas. Y curaciones orgánicas “de las buenas”, no psíquicas. Hubo gente que pensó que el célebre autor se convertiría. El Doctor Bossaire, director de la Oficina Médica, le dijo: “Señor Zola, este es el milagro que usted quería”, pero el novelista le contestó: “Es cierto que se ha curado, pero eso no prueba la existencia del milagro, ¿qué sabemos nosotros del funcionamiento de las leyes desconocidas de la naturaleza?

Zola tiene la fe en que los milagros y lo sobrenatural no existe, y según esa fe interpreta el hecho. Da igual que una persona que no tiene dedos salga de Lourdes con ellos. Su fe le impide admitir que pueda haber algo sobrenatural, ya que de entrada lo excluye. Igualmente, el religioso que usa el Génesis como muestra literal de la creación, tiene fe en que no haya más que lo que le muestra el Génesis. Su fe excluye lo demás.  

Volviendo al ejemplo del libro, esto sería como una persona que cree que los libros no son más que palabras dispuestas según las reglas de la gramática. Para él, las personas que dicen que los libros tienen un significado “están locos” y ven cosas “que simplemente no existen”. Su fe le impide ver más allá. De nuevo, es su fe la que no le deja ver el resto de la realidad.  

En conclusión: normalmente se habla de la fe como algo que impide ver lo material, pero pocas veces se habla de la fe como algo que impide ver lo sobrenatural. De hecho, todos, científicos, religiosos, agnósticos, creyentes, etc., han hecho un acto de fe. El problema viene si la fe no le permite ver toda la realidad.  

D’Artagnan.

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Clarividencia absoluta la del autor, que es capaz de sintetizar con una lógica aplastante una verdad que a muchos de nosotros no nos llega de manera consciente y que, por tanto, fallamos en comprender. No es más que la constatación evidente de que todos, ateos o cristianos, hacemos uso de la fe, y que hasta el más escéptico de todos se deja guiar por ella, por sus dogmas y creencias por lo que, a pesar de lo que se pueda pensar, el ateísmo no es sino una religión más. Sin Dios ni salvación, pero religión, al fin y al cabo.

Fëanar

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