miércoles, 2 de junio de 2010

¡A Navajazos!

Aunque parezca un tópico no lo es. Los españoles siempre hemos tenido cierta predisposición, para esto de las peleas, y a terminar nuestros asuntos a navajazos. El arma por excelencia para los hombres españoles.

Los romanos ya vieron que los iberos tenían un gusto especial por las espadas cortas y de doble filo, tanto es así, que en su periplo por las guerras con otros pueblos, las legiones romanas fueron asimilando lo mejor de lo defensivo u ofensivo de las armas de sus contrincantes. De los iberos copiaron el gladius hipaniensis, espada corta y de doble filo, similar a la falcata, pero sin la curvatura que esta posee.

Siempre que se habla de este tipo de espadas o navajas me viene a la memoria el aguafuerte de Goya, en donde un patriota español, navaja en mano, arremete contra unos gabachos usurpadores mientras estos disparan sin parar sus mosquetes. Y es que son muchos los ejemplos que la historia española puede aportar sobre muertes violentas a navajazos entre individuos de diferente condición.


La navaja era un instrumento habitual en las clases más humildes. No sólo servía como utensilio de cocina sustituyendo al cuchillo y tenedor, sino que venía a complementar la indumentaria del jornalero, sirviendo de apero imprescindible. Los campos no eran seguros, y este tipo de arma corta era eficaz y discreta.

El gusto y pericia que llegamos a tener los españoles sobre este tipo de cuchillo manejable ha sido muy grande. Se ve que esto de asestar a nuestros adversarios pinchazos en la barriga mientras miramos su cara de horror, es algo que ha impregnado el carácter de los iberos desde siempre.

Si no miren lo que ocurrió en Italia hace ya algunos siglos:

Se encontraba en aquel país andino tropas españolas distribuidas en diferentes ciudades, cuya finalidad era evitar que los revolucionarios de Garibaldi hiciesen de las suyas. España, tenía efectivos unos diez mil hombres, al mando de Fernández de Córdoba (otro Fernández, que no el D. Gonzalo de los tercios), y las tropas avanzaban posiciones sin efectuar grandes combates. Su objetivo era la ocupación de las provincias pontificias que trajesen tranquilidad a esta zona y conseguir con ello que el papa Pío IX volviese al Vaticano.

En estas estaban nuestras tropas cuando se ocupó la localidad italiana de Terni. Allí había numerosos garibaldinos que no se habían unido a su líder, y que actuaban como salteadores de caminos, igual que los “maquis” de nuestra Guerra Civil. Allí operaba el regimiento español Lusitania, y aprovechando el descuido de algunos de los nuestros, estos fueron atacados por los revolucionarios garibaldinos. A resultas de esos ataques fueron heridos un soldado del batallón de cazadores Chiclana y un granadero del mismo batallón, así como un cabo del citado regimiento Lusitania. A nuestros compatriotas no les gustó este gesto italiano, y decidieron vengarse de los asaltantes de caminos tendiéndoles unat trampa

Un grupo de cuatro soldados españoles se escondió en un bosque cercano mientras otro, un corneta natural de Málaga, se paseaba en solitario para atraer la atención de los agresores. Al poco, cinco paisanos italianos, muy garibaldinos ellos, pero con puñal en mano, salieron al paso del “cebo” así preparado, despachando el corneta español a tres de ellos con una navaja de considerables dimensiones y haciendo huir a los otros dos. Parece ser que, a pesar de haber podido el solo con los cinco adversarios, el soldado no se consideraba el más hábil con el cuchillo pues cuando fue interrogado por sus oficiales el malagueño respondió: “¡ha sido lástima que el batallón estuviera hoy de servicio, porque las mejores navajas entraron de guardia esta mañana!”. Parece ser –según cuenta Fernández de Córdoba, que esta acción extraoficial supuso el cese de las hostilidades en Terni.

A saber que hubiese ocurrido si se empelaran a fondo los cuatro emboscados o los otros compatriotas más duchos en el manejo de la navaja.

Por Rufino Peinado

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada