domingo, 1 de enero de 2012

La contradicción, principio del Liberalismo

La nota fundamental del liberalismo, la conjugación de tesis contrarias, que define y dirige en muchos sentidos esta cosmovisión, tiene su origen en la paradoja de la idea de Dios que defienden. 

Al partir del concepto católico de Dios, es decir, un Dios creador, trascendente, omnipotente, providencial y actuante en todos los ámbitos de la sociedad, toman prestado una estructura conceptual coherente y lógica en sí misma, que se sostiene por sí sola. Pero al negar el pecado original y, con él, la necesidad de Redentor, mutilan dicha estructura y han de sostener un Dios insostenible, incoherente y absurdo.

Esta circunstancia, que se da en casi todas las cosmovisiones en mayor o menor medida, toma una importancia capital en el liberalismo, al estar el error en un punto tan cardinal como es la relación entre Dios y los hombres.


Al negar la necesidad de un Redentor, apartas a Dios de la vida pública y de la sociedad, lo conviertes en un ente ajeno a la humanidad, puesto que si esta no necesita ser salvada, mucho menos necesita ser dirigida o acompañada. Es absurdo pensar, pues, en un Dios que no interviene en nuestra vida para salvarnos del mal pero si para otros menesteres de menor importancia. Ese Dios Padre que nos cuida y nos guía en cada paso desaparece. También ese Dios público, que legisla y nos da normas de comportamiento y modelos a seguir y a evitar desaparece, pues una humanidad que se salva a sí misma no necesita que nadie le diga cómo hacerlo. 

Pero al admitir la Creación, es necesario un Creador, al que se debe respeto y adoración, por lo que Dios se queda, entonces, en el ser Creador y principio de todo que instaura el Universo con sus leyes físicas y al hombre con sus leyes morales para luego desentenderse de los mismos y dejarla a su aire. Donoso Cortés hablaba de reconocerle la potestad constituyente (creadora) y negarle la actuante. Consecuencia directa de esta es que a Dios le debemos culto, por ser nuestro creador, pero no obediencia.

A partir de aquí se derivan una serie de contradicciones que van desde la religión a la práctica política: Cristo, Dios hecho hombre, el redentor por excelencia, al perder su misión pierde su sentido. Ya no redime al ser humano, simplemente se muestra como guía y ejemplo de buen comportamiento. Ejemplo que no era necesario al conocer el hombre ya el bien con anterioridad y la forma de deshacerse de él, con lo que Cristo pasa a ser un Redentor que no redime. La Iglesia no es más que la institución que regula y celebra el culto, sin capacidades mayores y sin influencia ulterior; su misión principal de predicar el Evangelio se consiente subyugada, y su potestad para indicar la norma moral queda totalmente anulada. No obstante su existencia es permitida y hasta es sustentada en cierta medida.

La religión pierde su carácter social, puesto que la humanidad tiene capacidad para alcanzar el bien por sí misma, y las distintas opciones se relegan al ámbito privado, limitando la elección a la forma de dar culto a Dios, sin preocuparse de qué dice cada religión de Dios y del hombre. La religión se relativiza, pierde la importancia que tenía antes como medio de salvación y pasa a ser un fetiche sujeto a la elección personal de cada uno.

Las sociedades ya no basan su organización en la mera fuerza efectiva como las paganas, o en una delegación de poder divina, como la católica o la islámica (poder actuante que, recordemos, es negado por el liberalismo), sino que tienen capacidad para organizarse y gobernarse a sí mismas, sin necesidad de agentes externos. Las normas de comportamiento vienen dictadas por la bondad que cada persona tiene y la simple legislación positiva que, dependiendo de las circunstancias cambiantes, sirve para marcar los límites prácticos de dicho arreglo.

Con respecto a los principios fundamentales que propone el liberalismo, como toda herejía, son tomados parcialmente de los propuestos por la cosmovisión católica y deformados en un punto concreto. En este caso es la libertad, convertida por un lado en un tótem intocable y por otro en una herramienta de decisión sin valor intrínseco, es la más afectada de todas (ya no se trata de la capacidad de romper la tendencia al mal y elegir el bien, sino una decisión equidistante y sin mérito entre ambas). La solidaridad cristiana, esa comunión de toda la humanidad que obliga al individuo a favor de todos los demás, es truncada y dividida en igualdad y tolerancia: la igualdad, objeto de culto parejo a la libertad, desdibuja su propia definición y, ante la evidencia material y humana de nuestra desigualdad, se proclama vacía de significado, y es tan defendida de iure como ignorada de facto. La tolerancia, otro principio idolatrado hasta el extremo, fuerza al liberalismo a tolerar toda clase de aptitudes, creencias y proposiciones que no minen el propio fundamento liberal, siendo rotundamente intolerantes con las que lo hagan.

La contradicción liberal llega desde los principios teóricos más básicos hasta la práctica política, social o administrativa más cotidiana. Es frecuente que, en las sociedades más liberales, se proclame la libertad de práctica política pero que se prohíban cierto partidos ultra-liberales, o que la libertad de expresión implique la prohibición de ciertas proposiciones contrarias a los fundamentos del sistema, que incluso puede llegar a considerarlos delitos, como por ejemplo, la negación del holocausto o ciertas sentencias racistas o xenófobas.

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