domingo, 16 de mayo de 2010

Hobbits

Casi todo el mundo conoce a estos apacibles personajes. Son esos hombrecillos bajitos, con pies peludos y caras rechonchas que aparecen al principio de las películas de El Señor de los Anillos. Uno los ve y lo primero que le llama la atención es… que no llaman la atención. Son “medianos” en todos los sentidos, no sólo en estatura.

No suelen meterse en problemas, prefieren una buena pipa y descansar tranquilamente después de un día de trabajo. Conservan sus amistades y mantienen cortésmente la relación con sus vecinos. Cultivan el arte de la jardinería y de la conversación. Sin embargo, nunca verás a un hobbit cuidando de un jardín tipo Versalles, o debatiendo acaloradamente de ningún tema: Son templados, son calmados, son “medianos”.

A pesar de estas aparentes virtudes son, precisamente, los hobbits menos “medianos” entre los hobbits los que al final resultan ser los auténticos héroes de la película. Desde Frodo hasta Pippin, estos jóvenes se han ido despojando de su “medianitud” hasta alcanzar la verdadera virtud; a base de sufrimiento han destruido el anillo y se han alzado con el premio.



Pero ¿y los demás hobbits? Ellos también han sido virtuosos a su manera… Podría decirse que su mayor virtud ha sido permanecer en el punto “mediano” de las cosas. Cierto que no corrieron con el anillo hacia el Monte del Destino ni nada parecido, pero tampoco se lo entregaron a Sauron, el malo entre los malos...
Sin embargo, cualquiera con un poco de perspicacia se habrá dado cuenta que con ser “mediano” no bastaba; hacía falta algo más, hacían falta hobbits que eligiesen ser grandes, ser más grandes incluso que el más grande de los que ellos llaman “gente grande”. Al fin y al cabo, la empresa era colosal, ni más ni menos que la lucha del bien contra el mal.

“Que cuento más bonito” me diréis, pero yo os pregunto: ¿Cuento? ¿De verdad no los veis? Yo veo hobbits por doquier. Este mundo es una gran Comarca donde la gente que es buena lo es en su justa medida, la gente que es generosa lo es, pero con reparos; la gente que es cristiana sigue a Cristo… pero sin pasarse. Yo mismo, sin ir más lejos, me miro a mí mismo tratando de ser más grande, pero hay algo en mi interior que me dice (tal vez sean mis pies lanudos) que estaría mucho más cómodo sentado en el jardín “fumando hierba para pipa”; al fin y al cabo, ésta misión está hecha para gente más grande, para algún caballero de brillante armadura, tal vez.

Pero como el resto, me engaño a mí mismo. Cada vez que me toca decidir si hacer algo o no hacerlo, o cada vez que me toca tomar una postura en una situación, el Bilbo que hay en mí interior me impulsa al punto medio, a no tomar partido, a ser un hobbit.

Puede que no sea más que un mediano, pero al menos algo sé: No nos ha sido dado decidir qué es lo que está bien o lo que está mal. Nuestra misión en este mundo es seguir con el cachito que nos ha tocado, sin preguntarnos hacia dónde nos va a llevar, ni cuánto aguantaremos. Cada uno debemos tomar nuestro anillo en la mano y decidir: podemos quedárnoslo y repetirnos a nosotros mismos que lo que hacemos está bien (ahogando esa voz en nuestra cabeza que nos irrita porque no para de decirnos que no lo está); o podemos asumir que el anillo es malvado y rechazarlo por completo (entonces seríamos como Frodo: demasiado pequeños para tanto mal, pero dispuestos a hacer lo que podamos, a no ser más medianos). Es muy incómodo ¡demonios! Y yo que ya tenía el desayuno servido… Y el qué dirán…

También podemos ser como Bilbo: podemos coger el anillo y admitir que es malo, pero usarlo sólo cuando sea necesario; a medias, más bien. “Tan sólo es malo si se usa mal… O si no me conviene… O si no me beneficia… O si no quiero…

Sé que lo que os he contado os puede dejar fríos, indiferentes, o con muchas preguntas sin resolver. Muchos buscaréis el mensaje de este texto… Pero son tantas las cosas que he intentado transmitir, de tantas formas y a tanta gente… Que siento que he fracasado, y tan sólo me queda tener esperanza en que quién tenga que entenderlo lo haya hecho; al fin y al cabo sólo puedo hacer como Sam: intentar hacer el cachito que me ha tocado, lo mejor que sepa, con la esperanza de que alguien más grande que yo pueda servirse de lo que hago para un fin mucho más grande que ninguno… Pero ¡qué incómodo es! Y qué precioso… ¡Cómo brilla! ¡Sólo una vez más!…

Por Fëanar.

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