sábado, 24 de diciembre de 2011

De libertades y libertinos

Nadie tiene dudas acerca de la libertad. A todos nos parece un derecho innegociable, por el que podemos perder hasta la vida si es necesario. Hoy en día nadie se atreve a ir contra la sacrosanta y divina libertad… Al menos abiertamente. Pero ¿realmente nos hemos parado a pensar en sus consecuencias?

Cuando hablamos de Libertad, hablamos del valor supremo y casi divino que parece regir nuestras vidas, al que todos aspiramos y en el que parece que se encuentra la verdadera felicidad. No hay figura pública que no aparente, como poco, respetarla; nuestras propias leyes y constituciones se amparan en ella, y hasta ciertos dictadores la utilizan para perpetrar sus crímenes. Al parecer, nadie que quiera ser alguien se atreve a desdeñar la fuerza intrínseca de la codiciada libertad


Nadie tiene dudas en el ejercicio cotidiano de la misma. Si una persona responsable de sí decide comprar un objeto concreto está ejerciendo su libertad, y nadie osaría decirle qué puede o no puede hacer. Esa persona es libre. No obstante, supongamos que, en su libertad, decide robarle el objeto a su propietario ¿tendría derecho a hacerlo? Es decir, ¿le valdría su libertad para perpetrar ese acto? Ahí ya casi todo el mundo diría que no, puesto que su libertad entraría en conflicto con la libertad del dueño a poseer el objeto. Por lo tanto se reconoce universalmente que la libertad individual tiene límites, exactamente los mismos que marcan el principio de la libertad del vecino.

En el caso de una comunidad la cosa es más complicada, aunque la gente sigue sin tener  problemas. Si la mayoría toma una decisión, esta tiene preeminencia, salvo que perjudique a alguien más. Por ejemplo, una asociación vecinal puede decidir por mayoría no renovar el cortacésped, salvo que el viejo esté estropeado y pueda herir gravemente al jardinero. El caso es aplicable a una comunidad pequeña o a una nación indistintamente.

Sin embargo, pongámonos en un extremo: supongamos que se celebra un referéndum independentista en Vasconia o Cataluña por ejemplo y que, en unas hipotéticas selecciones libres, resulta ganador la opción secesionista… ¿Entraría esta decisión dentro de la libertad de elección de cada pueblo?

Hay cosas que parecen sencillas a priori, pero no lo son; a primera vista deberíamos dejar que ellos mismos decidiesen su futuro, haciendo uso de su libertad, que no chocacon la de ningún otro… Pero una reflexión más profunda nos lleva a otras consideraciones ¿Qué ocurre con todos los catalanes que vivieron a lo largo de los siglos, y que ahora están muertos? Siguen siendo catalanes, al fin y al cabo, y colaboraron en la creación y sostenimiento de Cataluña tanto o más que los que ahora viven. Al fin y al cabo el hecho de estar muertos no es suficiente para negarles la libertad de elección (que sería algo así como discriminación por estado vital) y todos tienen derecho a decidir sobre algo que es (fue) suyo.  Democracia total, la llamaba Chesterton. Evidentemente ya no pueden votar, pero gracias a los testimonios escritos sabemos qué es lo que pensaba la mayoría. ¿Podría, entonces, una supuesta mayoría de catalanes, que no son más que una minoría si se tiene en cuenta a todos, vivos y muertos, ir en contra de la voluntad de la mayor parte de catalanes de la Historia? Creo yo que no, pues vulneraría su derecho a decidir.

Y, por supuesto, podríamos añadir que los catalanes aún no nacidos, que no han expresado su opinión, tienen el mismo derecho que los que viven hoy día, no sólo a expresar su voluntad, sino a recibir de sus ancestros lo que nuestros reivindicativos e hipotéticos contemporáneos recibieron, y no un solar desgajado del resto de España.

A todo ello debemos añadir que, en el caso de que se cumpliesen todas las condiciones anteriores, por el mero hecho de ser Cataluña una parte intrínseca de una nación (en este caso la española), aún sería necesario contar con la aprobación unívoca del resto de españoles, tanto los vivos como los muertos, pues no olvidemos que todos (españoles catalanes y no catalanes) hemos recibido una misma herencia que es España entera, y que partirle un pedazo nos incumbe a todos, aunque sea lateralmente.

Por lo tanto, las mayorías democráticas, por muy fuertes que sean, no tienen derecho a romper un patrimonio que no es suyo, y que tienen la obligación de pasar a sus descendientes tras haberlo cuidado al máximo de sus posibilidades.

¿Coarta esta situación su libertad? Por supuesto, pero de la misma forma que la libertad de un asesino es coartada por la tozuda voluntad de su víctima en no ser asesinado. La libertad tiene límites, tiene que tenerlos, o de lo contrario la misma idea de libertad se perdería (llevándose por delante a la sociedad y a la mitad de los que en ella habitamos). La libertad es buena, es intrínsecamente buena, y cuando no se usa debidamente pierde su valor, ya no es libertad pura, aunque la llamen así, es, sencillamente, libertinaje.


Arwing Rox

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