De sobra es sabido que el liberalismo no llega a la categoría de religión al no ofrecer ninguna clase de misterio divino, pero que copa el resto de aspectos, desde la moral hasta la política. Sin embargo, el ser humano es religioso y necesita del misterio, y el sistema liberal, a pesar de haber asumido parte de las creencias y costumbres católicas, ha ido desarrollando su propio sistema religioso, único y diferenciado.
La religión liberal disfruta de sus propios dogmas, incuestionables, inamovibles y base de cualquier teoría política o social que pueda producir. Que nadie se atreva a negar la Soberanía Nacional, ni la Sacrosanta Libertad (versión ingenuista, por supuesto), ni siquiera a relativizarlos, pues son universales y omnipresentes en las naciones "buenas" (léase desarrolladas, occidentales o civilizadas) y de necesaria implantación en las "malvadas". Todos los dogmas aparecen en el Credo de la Carta de los Derechos Humanos, auténtico Texto Sagrado que propugna su propia forma de ser para el hombre. Existe una Historia Sagrada, desde las sociedades pre-democráticas, con sus profetas y mártires que, a lo largo de los siglos, conservaron, transmitieron y lucharon por el ideal democrático hasta la maravillosa eclosión liberal-ingenuista de la Revolución Francesa que, precedida por la Anunciación de la Independencia Norteamericana y como una nueva Encarnación, vino a alumbrar las esperanzas de la humanidad y a llevar a la misma por la senda de la felicidad y del prometido paraíso en la Tierra, donde los hombres vivirán iguales, libres y hermanos.

