Me gustaría presentaros a dos figuras de fama mundial, dos nombres que no necesitan presentación alguna: Hipatia y Galileo. Se ha dicho mucho de ellos, y sobre todo de su tormentosa relación con la Iglesia. De uno han corrido ríos de tinta, y de la otra la película de Ámenabar no ha hecho más que atraer la atención sobre ella. Son dos luchadores por la libertad, dos luces en medio de la oscuridad, dos pensadores contra el inmovilismo… O eso nos han hecho creer.
De Galileo ya hablé en otro Tahona, y como comenté las cosas no fueron como muchos creen que pasó. No fue, por supuesto, un caso reducible a “buenos y malos”, pese a que la inmensa mayoría de escritos al respecto parecen encaminados a fulminar al tribunal y ensalzar al paladín de la verdad y del progresismo científico. Por ejemplo, se da por hecho que Galileo sólo se movía por afán científico. Frente a eso baste recordar su durísimo ataque a los astrónomos jesuitas que sostenían que unos cometas observados eran objetos reales, frente a la opinión de Galileo, que defendía sin prueba alguna que eran ilusiones ópticas, todo porque pensaba que no cuadraban con el sistema copernicano que él defendía como cierto.
